El fenómeno de la evolución, es un hecho indiscutible, apoyado en infinidad de pruebas aportadas por paleontólogos y eruditos en disciplinas como la anatomía, fisiología, embriología, serología, geografía y filosofía.

Ciertos foros religiosos se resistieron en su momento a admitir que el hombre procediese del mono; pero como dijo el abate Lapparent, uno de los más prestigiosos geólogos de Francia de nuestro siglo, la mejor forma para resumir los principales acontecimientos acaecidos en la Tierra, se encuentra en los primeros versos del Génesis:" Primero apareció la luz, después los continentes y a continuación siguieron las plantas, los peces los animales terrestres y por último el hombre."

En efecto las nuevas teorías sobre la evolución, aportadas por Schopenhauer y Darwin, en nada desdicen el contenido del libro sagrado. Es más, si a las últimas añadimos la aportación de Luis Pasteur, enemigo acerrimo de la Abiogenéresis, quien exige un Creador para el primer organismo completo apto para la vida, comprobamos con admiración que todos están en lo cierto, y todos tienen su razón.: Dios creó la vida, la vida evolucionó, y apareció el hombre.

Sus origenes (los del hombre) hay que buscarlos en los primeros hominidos de la prehistoria, a partir de los que se produjeron los cambios evolutivos resultantes de la selección natural preconizada por Darwin.

 

 

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