Muchas son las definiciones que
existen de La Vida.
La vida se ha definido desde el punto
de vista de la ciencia, de la filosofía, de la
biología, de la religión, de la
bioquímica y de un largo etc. pero la
mayoría introduce lo definido en la
definición con lo cual no aclaran nada.
Decir que la vida en una cualidad de
los seres vivos me deja con la misma incertidumbre.
De todas las definiciones de la vida
quizás la más aclaratoria es la de la
bioquímica, según la cual la vida es un
estado o carácter especial de la materia alcanzado
por estructuras moleculares específicas, con
capacidad para desarrollarse, mantenerse en un ambiente,
reconocer y responder a estímulos y reproducirse
permitiendo la continuidad. Y aún así,
cabría preguntarse: ¿De dónde
sacó esa capacidad de desarrollo y
reproducción algo inerte como la materia?
Además, habla de estructuras moleculares, que no
son más que unidades mínimas de la vida que
pretendemos definir.
Para mí, La Vida es,
simplemente, una manifestación de la voluntad de
Dios. Es decir, en el principio de los tiempos Dios
creó de la Nada la Materia y con ella un Cosmos
infinito lleno de lo que el hombre vino en llamar
estrellas, planetas, satélites, cometas, etc.,
resultado de la explosión de una partícula
primigenia, o no, con sus normas y leyes de
comportamiento, gravitatorias, de movimiento, de
expansión, etc, de las que aún hoy la
inteligencia humana nada o muy poco sabe y en el que
ignoramos lo que Él pudo haber hecho o colocado en
ese cosmos y lo que en él pueda existir.
Dentro de ese Universo infinito se
encuentra un ínfimo punto, un diminuto planeta al
que llamamos La Tierra. En un momento dado, tras esa
creación, en La Tierra, Dios quiso que parte de
esa materia se moviese, creciese y se multiplicase y para
ello expresó su voluntad de que así fuese
fundiendo en la materia dicho deseo al que, con el paso
del tiempo, el hombre denominó Alma, formando
así con ambas (materia y alma) un conjunto
único que se manifestó como Vida con la
facultad, según sus designios, de moverse,
evolucionar, desarrollarse, crecer, reproducirse y
finalmente morir para separarse nuevamente y volver lo
que era materia a la materia y el Alma a su creador.
De esta forma la materia viva
inició su evolución y por un lado fue
transformándose en lo que conocemos como hierba,
vegetal, planta, árbol, vegetación ...
Flora. Y cada uno de esos elementos, siguiendo el mandato
divino, entró en el proceso de nacer, crecer,
multiplicarse y morir, evolucionando obviamente de forma
continuada para adaptarse al medio ambiente en el que se
hallaban. Paralelamente, esa materia viva, en su
evolución, tomó también otro camino
dando lugar a lo que denominamos microbios, insectos,
crustaceos, peces, reptiles, aves, mamíferos,
animales ... Fauna. Y dentro de esa fauna uno de los
animales evolucionó tan rápido que
logró en poco tiempo desarrollar sus cuerdas
vocales de tal forma que sus gruñidos se
convirtieron en suaves sonidos que luego llamaron
palabras, con las que mejoraron extraordinariamente la
comunicación entre ellos creando el lenguaje, lo
cual les permitió transmitir de generación
en generación los conocimientos y experiencias
adquiridos dando así lugar a un aprendizaje
creciente en forma exponencial y en consecuencia a una
especie animal muy superior a todas las otras.
Hoy a dicha especie la llamamos
hombre. Y hoy también, alguno de esos hombres se
preguntará: ¿Qué Dios es el que hizo
eso? Porque hay y hubo muchos dioses. Pero esa
afirmación es una falacia, derivada de los
múltiples brujos, hechiceros, chamanes o como les
queramos llamar, que han existido y existen en todas las
tribus, hoy ya sociedades, y que se decían y dicen
poseedores de la verdad narrada por "su dios" que les
hablaba a diario, o con relativa frecuencia.
El concepto de Dios nace en el ser
humano cuando observa a su alrededor fenómenos de
la naturaleza que no comprende pero que entiende que son
controlados por alguien desconocido pero muy grande.
Alguien al que dan el nombre que estiman más
adecuado a la situación y que posteriormente
utilizan a su antojo para conseguir sus propósitos
doblegando las voluntades de otros congéneres
menos avezados. Así nacen por designio de los
humanos los miles de "dioses" que han existido y de los
que ya ni se habla, a los que bautizaron los egipcios con
el nombre de Ra, Amon, Osiris, Isis, Horus, Anubis, Seth;
los griegos con el de Zeus, Poseidón, Hades, Hera,
Atenea; los romanos con el de Júpiter,
Plutón, Juno, Minerva, Apolo, Diana, Neptuno,
Marte; los mesopotámicos con el de Anat, Anshar,
Anu, Antu, Apsu, Assur; Los babilónicos con el de
Tiamat o los sumerios con el de Nammú, por citar
algunos de ellos. Todos y cada uno de esos "dioses",
humanizados por el hombre, representaron y representan,
aunque de forma desvirtuada, a ese alguien desconocido
pero muy grande que controla y marca los designios de La
Vida. Es decir, todos ellos con sus diferentes formas y
facultades adjudicadas por el hombre, nacen como
consecuencia de la necesidad o imposición que el
hombre tiene de creer en ese alguien superior. En ese
Dios. En definitiva, en el único Dios existente
del que nada conocemos, pero que nos aventuramos a
materializar con forma y hábitos para hacerlo
conocible y utilizable.
Y alguien dirá: Los dioses eran
distintos porque los había buenos,
cariñosos, borrachos, crueles, etc. Los
había que exigían sacrificios incluso
humanos, mientras que otros se contentaban con una oveja
o un pollo y otros con nada. Pero eso no deja de ser otra
falacia. Los dioses nunca pidieron sacrificios ni nada
parecido. Nunca hablaron con el animal humanoide, ni le
dieron normas escritas a su dictado. Fueron los hombres,
los brujos de las tribus, los que,
autodenominándose mensajeros de dios, acordaban
tales barbaridades atribuyéndolas a la voluntad de
dios para infundir el temor y mantener el poder. El
alguien desconocido pero muy grande, Dios, se limita a
dar instrucciones a su materia viva mediante sensaciones
en su corazón y en la abstracción de su
conciencia, para que no haga a otro lo que no quisiera
que le hiciesen a él. Ese es su único
mandato, sencillo, intuitivo, inherente a las facultades
de La Vida en la que transformó la materia, y del
que se derivarán todas las normas de convivencia y
existencia que esa vida necesita, hasta que llegue su
momento de disociación en el que la materia vuelva
a ser materia inerte y el alma retorne a Dios
Desconozco lo que le ocurre a la Flora
evolucionada, o a la Fauna irracional como hemos venido
en llamarle, pero la especie humana, cuando se porta bien
con su prójimo, siente una felicidad especial y
duerme plácidamente por las noches y por el
contrario cuando se porta mal, sufre de remordimientos,
duerme mal y con frecuencia tiene pesadillas. Y eso no es
más que un recordatorio de la divina norma
establecida.
Así las cosas, ese mismo hombre
que se permite bautizar a Dios con el nombre que le
parece más adecuado a la idea que le transmite o a
lo que pretende obtener de él, o al trabajo que le
asigna como creador o guardián de algo ya creado,
ese osado, aún va más allá y guiado
por su instinto de conservación y del raciocinio
del que fue dotado, quizás para otros menesteres,
piensa en que Dios no se iba a tomar el trabajo de dar
vida a la materia para que esa materia viva acabase
siendo nuevamente simple materia inerte. Sin más.
Y tal vez, en eso, sí que es
posible que haya acertado. El hombre concibe la idea de
que la materia inerte y la voluntad de Dios (alma),
forman un conjunto inseparable con capacidad de vivir y
cuando ese conjunto vivo recorre su ciclo asignado y
muere, la parte de materia vuelve a ser materia inerte y
el alma, voluntad divina, retorna a Dios para seguir
participando de su inmortalidad. Y aquí es donde
el hombre no tiene más remedio que desesperarse o
asirse fuertemente a la fe para creer lo que mejor le
convenga respecto a lo que ocurrirá en el
más allá.
Tal vez el alma retornada lleve la
impronta de la porción de materia que
compartió como conjunto unitario vivo terrenal. Y
referido al hombre, quizás el alma retornada lleve
la impronta de esa unidad humana que conformó
siendo corresponsable del proceder de esa unidad y en
consecuencia del premio o reproche correspondientes.
En la Tierra, como conjunto pensante
de materia y alma, tenemos unos sentimientos (afecto,
amor, amistad, cariño
para con nuestros
semejantes y demás seres vivos) que vemos con
naturalidad; pero que no entendemos ni sabemos de
dónde salen. Egoístamente, quiero pensar
que tales sentimientos radican en el alma y por ello
perdurarán en el más allá cuando el
alma se reúna con su Creador. Con Dios.
Y esa será la forma en la que
los seres queridos, con quienes compartimos vida y
sentimientos en La Tierra, podremos seguir
compartiendolos junto a Dios por toda la eternidad.
Pero mientras no llega ese momento,
mientas la vida sigue manifestándose,
multiplicándose y evolucionando en este
infinitésimo terrenal en el que la vivimos, el
hombre, el ser más evolucionado de esa vida
terrenal, alcanza tales conocimientos y raciocinio que se
da cuenta de que para coexistir con otros hombres,
animales o plantas, necesita de normas de conducta o
leyes a las que todos deben de ceñirse para que no
surja el caos; para poder vivir tranquila y libremente
esa vida que posee.
Y así ese hombre inteligente,
se dota de tantas leyes, civiles, penales,
eclesiásticas, ordinarias, orgánicas, etc,
como arenas puede haber en una enorme playa. Leyes, pese
a las cuales, siguen existiendo toda clase de delitos,
mezquindades, maldades, peleas y guerras, cuyo
único fin es el de conseguir, quien lo propicia,
un beneficio propio en perjuicio de los demás y
cuya única causa es la de olvidarse de esa norma
simple, sencilla, intuitiva, de no hacer a otro lo
que no quieras que te hagan a ti, tan claramente
arraigada en nuestras conciencias humanas, y tan ignorada
en la mayoría de las ocasiones.