CARTA PÓSTUMA

Querido Hijo Ricardo:

Desde tu ingreso en urgencias a las tres horas del pasado veinticuatro de diciembre, hasta la mañana del día catorce de este nuevo año 2022, no hemos dejado de pensar en ti de forma constante, intensa y angustiosa, esperanzados en tu mejoría y temerosos de llegar a perderte. ¡Y te perdimos!.

Esa fatídica mañana, a las nueve horas, los médicos del hospital Alvaro Cunqueiro, en el que permanecías en coma inducido desde el primer instante de tu internamiento, nos llamaron para informarnos de que ya no había nada que hacer. Tu situación era irreversible. Estabas clínicamente muerto.

Tus pulmones estaban acartonados, sin posibilidades de recuperación.

Tus riñones ya no ejercían su labor y se estaba iniciando un fallo multifuncional.

La máquina era quien te mantenía con vida ejerciendo las funciones vitales que tú ya no podía realizar.

Aunque rotos, nos trasladamos todos, como pudimos, al Centro Médico. Tu madre, yo, Liano y tus hermanos y cuñados.

Tú estabas en la UCI. Acostado en una camilla, totalmente intubado, obviamente inconsciente, lleno de cables conectados a una serie interminable de aparatos que controlaban la respuesta ya artificial y mecánica de tus constantes vitales.

Sin que te dieses cuenta, o al menos eso fue lo que nos pareció, te acariciamos por última vez, te dijimos por última vez que te queríamos y lloramos junto a ti, no por última vez sino como primera vez de las muchas que nos quedan por llorar.

Concluida esa breve reunión permitida, dimos el consentimiento para que te dejasen libre de artificiales ataduras y pudieses desplazarte al lugar en el que ahora te encuentras, en el que esperamos seas todo lo feliz que te mereces.

Ahí te encontrarás con un montón de personas que siempre te quisieron mucho. Sobre todo tus abuelos.

Aquí dejas a quienes también te queremos, que somos muchos. Muchos más de los que nunca me había imaginado.

Yo sabía que eras una buena persona. Un buen hijo. Un buen hermano. Y por ello muy querido de todos nosotros.

Pero, tras tu marcha, he sabido que también eras un buen amigo. Pues así me lo han hecho saber un número incontable de ellos que con lágrimas en los ojos nos aseguraron que compartían nuestro dolor. El dolor de tu ausencia.

Tu madre y yo también te aseguramos a ti que estamos muy orgullosos y que nos reconforta ante tu partida el saber lo bueno, atento y caritativo que has sido con todos los que te rodearon en este mundo.

Por ello, estamos seguros de que en ese otro que ahora habitas, el Sumo Hacedor te gratificará debidamente con su divina recompensa.

Recibe un beso muy fuerte de tus padres y, si puedes, no dejes de ir a esperarnos cuando también nosotros seamos llamados a capítulo.

Mamá y Papá