
La alquimia nació en Europa en el siglo XI como compendio de ciencias practicadas en caserones y sótanos llenos de alambiques.
Los alquimistas consideraban que todos los cuerpos metálicos estaban formados por mercurio, azufre y sal, y siendo el azufre volátil y combustible y la sal soluble, podrían someterse a transformaciones que permitieran convertir en oro cualquier otro metal.
A este afán y al de conseguir el elixir de la eterna juventud, dedicaron todos sus esfuerzos, los cuales aspiraban a conseguir en cuanto descubriesen la llamada piedra filosofal.
Nunca llegaron ni a imaginarse la estructura de la materia; pero es obvio que vivieron tratando de modificarla, por lo que podríamos considerarlos como los pioneros remotos de los estudiosos que les sucedieron.